Ya no es noticia lo sucedido el pasado 20 de noviembre en la esquina de 23 y G. Allí fueron mancillados los derechos de un Hombre que solo pretendía defender con la espada del verbo a su esposa ultrajada. Nos referimos al periodista, expulsado de los medios oficiales, Reinaldo Escobar el esposo de la blogger Yoani Sánchez, autora de Generación Y.
Nosotros como otros amigos quisimos acompañarlo aun cuando él no nos lo pidió. Presumíamos que estando cerca lo protegeríamos. ¡Qué ingenuos fuimos!, ni los más fieles arcángeles pudieron jugar su función esa tarde arrítmica.
De pronto un tsunami nos inundó y desde ese momento no fuimos dueños de nuestro destino, era una masa chusma de aguas-almas negras la que nos conducía. Nos llevaron por G hacia 21 y nos lanzaron al arrecife del paseo central. Después de darnos varios empellones contra puños, zapatos, césped, manos levantadas y jerga revolucionariamente ofensiva nos llevaron a la acera del frente y nos ofrecieron una reja como salvavidas. Contra los balaustres y una repentina pared humanoide protectora estuvimos hasta que la providencia alistó las canoas abductoras y movió los cordeles de los(a) títeres acuosos para que se aplacaran un poquitín. La misma mano divina que mandó la ola nos ofrece salvadoramente la canoa motorizada. (si alguien entiende le pido: explíquese por favor!)
Eso es lo que mi cerebro irreverente recuerda de los más impactantes y desgarradores minutos vividos en esta joven estancia terrenal. Fue un viaje en la máquina del tiempo, una parada en el escenario, tantas veces contado por mi madre, de los mítines repudiables de género musical huevero plaf plaf, interpretados para los cubanos que emigraron en el 80. Fue la confirmación de la escasa educación cívica y cultura del debate de pueblo. Fue el evidente agotamiento de los argumentos para “batallar” dignamente en el terreno de las “ideas”. Fue el reconocimiento de la protección de la virtualidad y es mi cobarde elección antes del heroísmo de moverse entre porrazos y viajes oscuros con dudoso regreso. Fue una extirpación de ingenuidades. Fue un bautizo que limpió el pecado de querer ser libre, ahora peco sin pecar. Fue mi primer acercamiento a un monstruo gigantesco. Fue bueno estar ahí y presenciar la conga de los que disonantemente disfrutaron el espectáculo.
A ritmo de una conga simulada.
diciembre 1, 2009 por nuevosritmoscubanos
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